Ayer mi anemia fue declarada oficial y grave. Mi parte comica, aquella que se rie de todo lo que soy antes de que el mundo me bofetee, en un momento empequeñecio al tamaño de un quark. Los latidos de mi corazón preocuparon a los doctores, al grado de que me me realizarón una tranfusión de hierro. Dolío en demasia, sentía mi piel arder y la necesidad aberrante de arrancar la aguja de mi piel. Mientras mis lagrimas bañaban mi rostro tal cual como grifo descompuesto de caricatura de Disney de los 80 intente escapar a mi mundo interior. Pero no lo encontre como lo había dejado hace un año cuando me fui a España; estaba en ruinas, sin habitantes- ni siquiera el olor a cenizas que queda después de el más violento fuego. Independientemente de que mi carne me hubiera dejado de ser atractiva hace meses, mi mente se había escondido en el olvido. A falta de un mundo propio en espera de una reconstrucción, huí al mundo de Monet. Cuando pienso en pinceladas inmediatamente evoco a los impresionisatas, ellos no buscaban ser una cámara fotografíca, buscaban algo más. Capturar el instante que solo el ojo humano puede apreciar. ¿Cómo es esto posible? El humano percibe el sonido, el movimiento del viento, los olores, la atmosfera emocional del paisaje.Al dar una pincelada no reproduce al paisaje solamente, sino al paisaje y a si mismo. En alguna parte leí que el instante es la eternidad.El pincel de Monet captura al instante de su realidad en yuxtaposición con la luz de la naturaleza-es tal su magia que en vez de encontarme sentada en un sillón azul, reclinable con una aguja en la vena, me encontraba recorriendo campos de infinitas flores rojas bajo un sol que bailaba al unisono con el viento.
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